BIOGRAFÍAS

 

  Enrique Shaw (1921-1962)

por Pedro Eugenio Avellaneda

 

UNA VIDA EJEMPLAR PARA IMITAR

El 27 de agosto de 1962 mi padre me llevó por primera vez al cementerio de La Recoleta y no justamente en un paseo cultural, sino al sepelio de un importante integrante de la Acción Católica Argentina, más precisamente el del Presidente de dicha organización de la Capital Federal en la cual mi padre ejercía la presidencia en la Parroquia Nuestra Señora de la Paz, sita en la calle Pergamino 63. Me quedó profundamente gravado en mi memoria, la cantidad de público que había concurrido, desbordando niveles normales, así como los distintos discursos que diversas personalidades expresaban exaltando a la persona fallecida, especialmente el de un Obispo que elogiaba las virtudes del fallecido. Obviamente durante ese tiempo y a mi corta edad, a la sazón 9 años, no comprendía semejante significado, ni de quien se trataba, pero siempre perduró en mi recuerdo este acontecimiento. A medida que fui creciendo, y siendo ya un adolescente le preguntaba a mi papá que me explicase quien era aquel Señor tan elogiado y el porque de tanta concurrencia al cementerio. Mi padre me lo resumió muy clara y sucintamente, se trataba de un gran ser humano, un gran empresario y un gran cristiano. 

Pero no quise quedarme únicamente con la definición u opinión que mi padre expresaba y ya adulto y con medios tecnológicos a mi alcance me interesé en saber más sobre porqué una persona con las cualidades tales como las definidas por mi papá no era un empresario conocido o porque no tenía la prensa suficiente. Y es así que empecé a trabajar en el tema, a investigar y esta nota es el resultado y mi homenaje al gran empresario Argentino Enrique Shaw, a quien no tuve el honor ni la suerte de conocerlo en persona, por razones de generación y dado su temprano fallecimiento pero que dejó un mensaje y una obra que lo ha perdurado. 

Por testimonio de su Hija Elsa Shaw de Canale, supe que Enrique falleció a las 3 de la mañana del día 27 de agosto y el entierro se realizó en horas de la tarde, por lo que la gente presente lo hizo espontáneamente ya que no hubo tiempo de avisar a nadie ni publicar su fallecimiento, por lo que deduzco que esa inmensa concurrencia que perdura en mi memoria era mayoritariamente de sus queridos obreros. 

Había nacido casualmente en Francia en 1921, durante una estadía de sus padres por aquellas tierras galas. Su madre, Sara Tornquist, falleció cuando solo contaba con 4 años de edad, dejando a dos pequeñitos hijos y ante la inminencia de su muerte le hizo prometer a su esposo el empresario Alejandro Shaw que sus dos niños serían educados bajo la fe católica. Y a pesar de no ser un católico practicante, el padre cumplió con su promesa y puso a sus hijos bajo el cuidado de los Hermanos de la Salle. 

Su progenitor, hombre de negocios viajaba constantemente, por lo que los cuidados de los infantes estuvieron durante la niñez a cargo de tías y gobernantas. Este hecho quizás fue el motivo por el cual muy probablemente haya llevado a Enrique a ingresar siendo un jovencito de 15 años a la Escuela Naval en Río Santiago, de donde egresó como Guardiamarina. 

Se casó, no sin antes sortear diversas dificultades con su Alma Gemela, Cecilia Bunge con quien procrearía una prole de nueve hijos. La marina con sus destinos alejados y su suegro, viudo y siendo Cecilia su única hija a la cual protegía en demasía, fueron la prueba que tuvieron que sortear para afirmar su profundo amor. 

Desempeñó distintas misiones, que la superioridad de la Armada Argentina le asignaba, cumpliendo desde 1944 el patrullaje de las costas patagónicas cuando nuestro país rompió relaciones con las Naciones del Eje, hasta ser designado para realizar un curso de meteorología en los EEUU en 1945. 

A Enrique le rondaba desde hacía algún tiempo la idea de abandonar la carrera naval para dedicarse a lo que más le gustaba, que era, ejerciendo funciones obreras desde alguna empresa, profesar el apostolado cristiano. Toda su familia, incluida Cecilia trató de disuadirlo de que no tomase semejante decisión pero no pudieron convencerlo de que revea su postura. 

Cuando llega a los EEUU a cumplir con la misión encomendada por la Superioridad se encuentra con la grata novedad de la rendición del Imperio del Japón, ante lo cual inmediatamente pide la baja de la marina. 

Estando en el país del norte le llegó la noticia que se le había otorgado la baja solicitada y daba comienzo a una vida de pobreza, dada su profunda decisión de convertirse en un obrero. De su padre no podía recibir ayuda económica ya que no pasaba un buen momento y su suegro estaba abocado a la construcción de Pinamar. Unos clérigos canadienses le habían sugerido ejercer funciones empresarias con el fin de cumplir el apostolado deseado y así convertir al cristianismo a los obreros, que tendían a ser ateos. 

Y es aquí donde emerge, según sus propias palabras, la providencia divina, y un tío de Cecilia, dueño de Cristalerías Rigolleau S.A. le ofrece un puesto en la empresa. Bajo su supervisión trabajarían 3.400 obreros, lo que entusiasma a Enrique ya que podría ejercer su anhelado apostolado cristiano, que tanto le interesaba. En el año 1958 llegaría a ocupar el cargo de Director Delegado de la organización. Al evolucionar en dirigente de empresa supo que debía trabajar para la paz social, y que esto significaba la buena relación entre patrones y obreros y este fue el norte de su vida, de su actuación en todos los ámbitos. 

Tuvo otro objetivo más espiritual como fue cristianizar a la clase patronal de nuestro país y para ello fundaría con empresarios afines la Asociación Cristiana de Empresas. Entre los cofundadores tenemos a personajes como Carlos Llorente, Hernando Campos, Miguel Nougués, Jorge Pérez Compang, Fernando Torquinst y muchos otros. 

Enrique definía al empresario como aquel que invierte su tiempo, dinero y capacidad convirtiéndose en el factor más importante de la producción, debiendo conocer y dirigir a los obreros para inspirarles la confianza necesaria para alcanzar el objetivo final que es el producto terminado de excelente calidad. Pero sin olvidar jamás su verdadero objetivo, que era llevar la palabra de la Iglesia a los que más la necesitan. 

Opinaba convencido que el trabajo es un derecho natural y cristiano, anterior al Capital y a su beneficio, que el ser humano no debe proponerse como meta poseer abundantes bienes y que la riqueza no debe ser un ideal en sí mismo ni llevarse una vida mundana llena de vanidades, frivolidades y egoísmo Obviamente muchos de sus colegas no lo escucharon y ni siquiera conocen su trayectoria. 

Debido a su fe religiosa enfrentada con el gobierno, especialmente a partir de 1954, tuvo problemas con el régimen peronista que lo detuvo dos veces, liberándolo la primera vez en forma inmediata por falta de méritos y la segunda de ellas a los 10 días. En estas circunstancias dio pruebas de su caridad cristiana, ya que al serle llevado por su familia un colchón lo cedió a un compañero que no tenía. Este hecho me fue confirmado en su oportunidad por mi padre ya que un amigo de la Acción Católica, Amalio Fernández, compartió esos días en la cárcel con Enrique. 

Mi padre en conversaciones que manteníamos asiduamente me refirió que cuando sucedieron los fusilamientos del General Valle y los del basurero de José León Suárez, y algún tiempo después, en una de las reuniones que mantenían en la Acción Católica, mi papá le comentó su beneplácito por la decisión del gobierno de Aramburu. Enrique con toda su paciencia y amor de cristiano le reprochó su rencor explicándole que nadie es dueño de la vida de sus semejantes y que toda muerte venga de donde venga es Pecado y es estéril. 

Su meta en este mundo fue siempre ser útil al prójimo para lo cual constantemente estuvo perfeccionándose y entre otros concurrió a la Universidad de Harvard con la finalidad de cursar la carrera de dirigente de empresa en Administración Superior. A su regreso y ya graduado se le ofrecieron diversos cargos directivos en varias empresas, entre ellas, Ernesto Tornquist y cia., FERRUM S.A., Banco Shaw, Pinamar S.A. y varias más. Pero su empresa amada, donde ejerció full time lo que más le gustaba, el empresariado cristiano, siempre fue su querida Cristalería Rigolleau. 

Opinaba de los obreros: "No hay que olvidar que el obrero no es solo un productor de riqueza, un instrumento de la empresa, o un engranaje de la industria, sino un ser espiritual, cuya dignidad y valores humanos han de estar siempre en el pensamiento de aquellos que administran las riquezas de la tierra."

La empresa era su casa, donde llevaba asiduamente a sus hijos enseñándoles a amar y respetar a los obreros, a quienes conocía por sus nombres y recordaba sus problemas, preguntándoles cuando se cruzaban en la fábrica, si éstos estaban solucionados o se interiorizaba por su familia. Hacía de la austeridad un estilo de vida, no tenía chofer, sus autos eran una Estanciera IKA y otro auto viejo. Concurría a la Iglesia del Pilar donde escuchaban la misa en familia, explicándoles a sus hijos el significado de cada rito en la misma. Luego iban a una quinta familiar de San Miguel donde pasaban el día en familia, cantando y alabando a Dios. Esa era toda su actividad de fin de semana. Detestaba ir a alguna reunión social, a donde era invitado, sin contenido sustancial. Inculcó esta manera austera de vivir a sus hijos, a quienes nunca les faltó nada, pero sin permitirles derroche superfluo. Sus actividades deportivas se limitaban a correr y a la natación. Cuando veraneaban en Pinamar les enseñaba a sus hijos a nadar más allá de la rompiente. 

En una conferencia de la Acción Católica expresaba: "Los encargados con la responsabilidad de dirigir las empresas tienen una importancia fundamental pues sino cumplen con su función tampoco logran que las empresas obtengan el éxito necesario tanto para los patrones como para los obreros." 

Alguna vez y ante cualquier circunstancia llegará el instante en que el Ser Humano deberá enfrentar la muerte y sus padecimientos. Hay dos maneras de hacerlo, con serenidad o con desasosiego. Este momento llegó a la vida de Enrique siendo muy joven, 41 años y teniendo aun mucho por dar y de más está decir que lo asumió con serenidad cristiana considerando Enrique a este hecho, solamente como el traspaso de una vida a otra, el sufrimiento es la puerta del Cielo, según sus profundas creencias religiosas. No perdió en ningún instante la alegría ni abandonó sus tareas. Pensaba que la otra vida estaba llena de actividad, de plenitud y que se encontraría con su madre a la cual no conoció. 

A su regreso de Harvard se le detectó una mancha que tenía en el dedo pulgar y consultado a un médico amigo y análisis mediante, se le detectó un Cáncer de Piel. Se le amputó dicho dedo, pero la enfermedad siguió su avance inexorable. Convivió con este cruel sufrimiento durante casi 5 años, sin abandonar jamás su fe ni sus empresas, es más, solo le preocupaban sus obreros. Muestra de este profundo principio cristiano rector de toda su vida se daría durante el año 1961 cuando la Cristalería Rigolleau se vendió y las acciones pasaron a manos de capitales Americanos y los nuevos dueños tomaron la decisión de dejar cesantes a 1.200 obreros de la planta que la empresa poseía en la localidad de Berazategui dando como excusa la mala situación económica por la que atravesaba en ese momento Rigolleau. Enrique se opuso terminantemente a esta trágica medida que dejaba en la calle y sin subsistencia ni medios de vida a 1200 familias. Ante esta grave situación viajó a los EEUU a debatir con los nuevos accionistas donde expuso con sus argumentos humanos los motivos porque no hacerlo y proponiendo soluciones, para que desistieran de la medida y siguieran trabajando todos los obreros. Fue escuchado y se suspendió la nefasta medida, nadie fue despedido. Véase el año, 1961, uno antes de su muerte, con un cáncer de 4 años, peleando por sus queridos obreros. Enrique había logrado que nadie sea despedido mientras durase su buena conducta. 

Había fundado en el año 1952, en pleno gobierno peronista, una mutual de obreros con el objetivo de brindar a sus socios servicios médicos, subsidios por enfermedad y préstamos para urgencias en casos de casamiento, nacimiento o fallecimiento. Es de hacer notar que esta mutual se financiaba con fondos de los propios obreros, pero cuando era necesario, Enrique de su propio bolsillo aportaba préstamos para alguna urgencia. 

Por todo esto, está de más decir del gran amor y estima que todos sus obreros le profesaban y que se hizo evidente cuando la cruel enfermedad se generalizó y Enrique necesitó de sangre para sus frecuentes transfusiones. Un día que se requirió voluntarios dadores, se presentaron 260 obreros de la fábrica, incluidos los del sindicato de orientación comunista. El médico responsable de las extracciones se maravilló de lo que veía y quiso saber quien era el destinatario de tanto amor y fue hasta su casa a conocerlo. Y Enrique expresó que ahora era feliz ya que por sus venas correría sangre obrera. Y los obreros lo visitan en su hogar, donde manifiestan a su Esposa que su Patrón, Enrique, supo derribar los muros que siempre habían separado a ellos de los empresarios. Fue profundamente respetado y amado por sus queridos obreros quienes en el momento de la muerte se lo hicieron saber y le agradecieron su simpatía, amistad, honradez y hombría de bien. 

Su pensamiento sobre el trabajo era que cada ser humano debía tener uno interesante, que le gustase, que lo gozase para realizarse como persona, dando lo mejor de sí sin exceso de cansancio, ni frustración, que le permita tener el tiempo necesario para disfrutar de su familia. 

Cuando fue nombrado presidente de la Acción Católica impulsó reuniones que fuesen provechosas, a las que mi padre concurría con alegría y donde aprendió a apreciar a Enrique. Según mi padre nunca jamás volvió a haber otro presidente igual en la Acción Católica. Un día en una de estas tantas reuniones mi padre le había pedido alguna donación para la parroquia de productos de la Cristalería Rigollau. Enrique no solo mandó a la Iglesia una importante partida de productos sino que le regaló a mi papá una fuente que aun está en poder de mi mamá. Este ser excepcional fue Enrique Shaw. 

Su leal y sincero pensamiento eran que la función del empresariado argentino, tenía que ser de honestidad para la empresa, para los obreros y para con el Estado. Con respecto a Éste opinaba que había que colaborar evitando situaciones de privilegios de cualquier tipo. La primera y esencial función del empresariado son crear fuentes de trabajo. 

En una de sus reflexiones escribió en su diario que es muy difícil que una generación comprenda a otra, pero en mi caso particular no solo comprendo a Enrique SAG, no solo lo admiro, no solo no quisiera que su obra quedase en el olvido, quisiera que nuestra generación principalmente los empresarios de este liberalismo salvaje supieran de su obra, de su existencia y se reflejasen en las enseñanzas de este cristiano excepcional.

Durante su sepelio, Monseñor Dr. Octavio N. Derisi, manifestó las siguientes palabras, entre otras, durante el discurso de despedida de sus restos mortales: "Vivió para los suyos, para su hogar, para sus empresas, pero no en el sentido material sino para brindarse incluso a sus propios obreros, que lo querían no ya como a su patrón sino como a un amigo. Enrique Shaw puso todo su amor en las obras que emprendió, nunca supo decir que no para el bien, siempre encontró tiempo en su vida tan llena de trabajos, para prodigarse y darse a los otros sin medida. .... Pocas veces un hombre será recordado con tanto afecto, un hombre de tanta limpieza en su conducta, un hombre que fue un testigo de Cristo y un testimonio de vida cristiana."

Discurso profundo, lleno de admiración, pero quedó en el olvido, sus enseñanzas no trascendieron en la medida necesaria, los empresarios contemporáneos hacen una creencia casi religiosa del dinero, de la frivolidad, de la acumulación de Capital. Esto último no sería malo en sí mismo si llevase como finalidad crear más fuentes de trabajo, pero indudablemente no es así, en esta sociedad de consumo, la acumulación significa tener más para mostrar más y sentirse poderoso. Quiero expresar una última de las muchas reflexiones de Enrique, que pensaba y así lo dejó escrito en su diario que dice: es bueno dar limosna al hambriento pero es mejor que no hubiera hambrientos. 

Porque este hombre de conducta ejemplar, y sin analizar sus creencias religiosas, no tiene el sitial que le correspondería para que muchos de sus semejantes supieran de quien tomar el ejemplo que nos llevase a disfrutar de una sociedad más justa, más sana, más cristiana, sin desnutrición, sin desocupación. Enrique no podría tolerar los niveles económicos actuales, hubiese salido a dar de comer al hambriento, a dar de beber al sediento, pero seguramente su lucha se hubiese centrado en la creación de más fuentes de trabajo. Establezco dos clases de empresarios, los que conducen las empresas durante el día, a la par de los obreros y empleados, dando ejemplo de vida cristiana y aquellos que contratan gerentes profesionales y ellos viven durante la noche en los lugares de moda. Si la empresa quiebra no les interesa, es un número menos en su declaración jurada de ganancias. La generación de empresarios que siguió a Enrique no se reflejó en su ejemplo y es por ello que no hay en nuestro país una clase empresaria seria, abundan los políticos corruptos y una opinión pública tendenciosa, que elogia o critica a personajes mediáticos. 

Enrique Shaw no tiene una calle, no tiene una plaza, no fue designado ciudadano ilustre de Buenos Aires, pero no tengo la menor duda que la Iglesia Católica algún día hará lugar al pedido de Beatificación. 

Mi evocación y amor profundo de cristiano para este Argentino de conducta tan ejemplar y cuya actuación está tan poca difundida en una sociedad donde la maldad, la pornografía y la usura son las enseñanzas diarias que reciben nuestros hijos. 

Hoy con 50 años, recuerdo a aquel niño de 9 años que acompañando a su padre despedía sin saberlo al más honesto de los empresarios que hubo en nuestro país, y siento nostalgia y un sinsabor de no haber tenido el raciocinio necesario de comprender que estaba viviendo un hecho histórico, estar despidiendo a un gran ser humano de personalidad virtuosa, de estar en presencia de un Santo.

 

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