Ricardo Balbín (1904-1981)
Figura
central del radicalismo y artífice del reencuentro con
el peronismo, las dos grandes corrientes políticas del
país, vivió siempre en la misma casa de la ciudad de La
Plata. Fue duro adversario del peronismo en su juventud,
y finalmente el artífice más noble del intento de
reconciliación entre radicales y peronistas. Su esfuerzo
cerró una división que había costado golpes, sangre y
lágrimas. Fue la otra cara del mismo capítulo que del
lado anverso -o del reverso, según se prefiera- tuvo a
Perón. Amó y padeció a la República. Solo ocupó un cargo
-una banca transitoria de diputado- y desarrolló una
larga función al frente de su partido. Padeció en vida,
lo que luego se resaltaría tras su muerte. No fue un
estadista, ni tuvo la oportunidad de serlo.
Fue un político honrado, candidato habitual a las
derrotas, cuyo camino atravesó estos padecimientos: 1)
Soportar ese alud político de extraña cultura para él
que fue el peronismo, a partir de 1945. 2) Verse
obligado a enfrentarlo y a padecerlo, incluso con
prisión, en tiempos de agresiva intolerancia, entre 1946
y 1955, año de la caída del peronismo. 3) Ser un
afectado central en el capítulo posperonista, entre 1956
y 1973, donde sufrió la división de su partido (escisión
de Arturo Frondizi, con la UCRI, 1956), la pérdida
posterior del gobierno (caída de Arturo Illia, 1966) e
invirtió sus propios esfuerzos para que los mismos que
lo habían derrocado (Revolución Argentina) abriesen
cauce a una salida electoral, de la cual él no iba a ser
precisamente su beneficiado. 4) Incomprensión de propios
y aliados cuando, entre 1972 y 1976, ató el destino
radical al peronista. Era un tanto seco en su trato
formal. Perón lo llamaba "doctor". El le decía
simplemente Perón. "A ver Lopecito, sírvale un whisky al
doctor- le ordenó a su lugarteniente López Rega en una
de esas reuniones de la casa de la calle Gaspar Campos,
en Vicente López. Políticos de otros partidos vieron la
escena. Eso fue después de aquella tarde calurosa del
sábado 18 noviembre de 1972, cuando Perón lo esperaba y
dos escaleras a ambos lados de una pared no muy alta que
separaba la casa de Gaspar Campos con la lindera que
daba a la calle contraria facilitaron ese encuentro
decisivo. Balbín llegó en auto, acompañado por Luis León
y Enrique Vanoli, autoridades del comité partidario que
él presidía, que lo aguardaron afuera de la vivienda por
donde ingresó Balbín para pasar a la otra. No fue una
reunión común porque nació una relación personal que
cambió la historia.
Para Balbín, el radicalismo no iba a ser la continuidad
cívica del régimen militar que finalizaba con Alejandro
Lanusse, ni la opción electoral del antiperonismo. Para
Perón, la unidad entre los argentinos era central y no
debían repetirse los gruesos errores cometidos por él y
sus fieles en el pasado. Si por Perón y Balbín hubiese
sido, esa hubiera sido la fórmula que no pudo ser para
las elecciones del 23 de septiembre de 1973. En lugar de
Balbín, Perón terminó aceptando a Isabel, que fue lo que
no hizo en 1951, con Evita. Balbín, comprendió.
Y fue una vez más el candidato derrotado de su partido,
como había sucedido en tres ocasiones anteriores (1951,
contra Perón; 1958, contra Frondizi, y ese mismo 1973,
contra Héctor J. Cámpora, quien luego renunció). Cuando
en 1930 cayó el gobierno de Hipólito Yrigoyen, Balbín
era presidente de la sección primera de su partido en La
Plata; diputado provincial electo, había renunciado
antes de asumir en 1941, en protesta contra el fraude;
firmó la Declaración de Avellaneda, junto con Crisólogo
Larralde y Moisés Lebensohn, entre otras figuras del
radicalismo y fue presidente del bloque en la Cámara de
Diputados hasta su expulsión en 1950.
Ahora faltaba la quinta etapa de su vida, iniciada,
exactamente, con la muerte de Perón, el 1º de julio de
1974. En la ceremonia de despedida de sus restos, tres
días después, Balbín fue el orador que lo hizo en nombre
de los partidos políticos. Volvía al mismo recinto de la
Cámara de Diputados, donde había hablado, por última
vez, en 1950, en su condición de diputado, antes de
votarse el desafuero que lo llevaría a la cárcel por
haber hablado mal de Perón.
Allí estaba ese hombre, más grueso y cano, parecidos
lentes, más ronca y profunda la voz, seguido su discurso
con extrema atención. En esas palabras dejaría el legado
de su lucha: "Vengo a despedir los restos del señor
presidente de la República de los argentinos, que
también con su presencia puso el sello a esta ambición
nacional del encuentro definitivo, en una conciencia
nueva, que nos pusiera a todos en la tarea desinteresada
de servir la causa común de los argentinos. No sería
leal sino dijera también que vengo en nombre de mis
viejas luchas que por haber sido claras, sinceras y
evidentes, permitieron en estos últimos tiempos la
comprensión final, y por haber sido leal en la causa de
la vieja lucha, fui recibido con confianza en la escena
oficial que presidía el presidente muerto.
Ahí nace una relación nueva, inesperada, pero para mí
fundamental, porque fue posible ahí comprender, él su
lucha, nosotros nuestra lucha y a través del tiempo y
las distancias andadas, conjugar los verbos comunes de
la comprensión de los argentinos. Pero guardé yo, en lo
íntimo de mi ser, un secreto que tengo la obligación de
exhibirlo frente al muerto. Ese diálogo amable, que me
honró, me permitió saber que él sabía que venía a morir
a la Argentina, y antes de hacerlo me dijo: "Quiero
dejar por sobre todo el pasado, este nuevo símbolo
integral de decir definitivamente para los tiempos que
vienen que quedaron atrás las divergencias (...) Tenemos
todos hoy aquí en este recinto, que tiene el acento
profundo de los grandes compromisos, que decirle al país
que sufre, al pueblo que ha llenado las calles de esta
ciudad sin distinción de banderías, cada uno saludando
al muerto de acuerdo con sus íntimas convicciones -los
que lo siguieron, con dolor; los que lo habían
combatido, con comprensión-, que todos hemos recogido su
último mensaje. Este viejo adversario despide a un
amigo. Y ahora, frente a los compromisos que tienen que
contraerse para el futuro, porque quería el futuro,
porque vino a morir para el futuro, yo le digo señora
presidente de la República: los partidos políticos
estarán a su lado en nombre de su esposo muerto para
servir a la permanencia de las instituciones argentinas,
que usted simboliza en esta hora".
Balbín siguió el viacrucis de Isabel y en cada ámbito
defendió la clave de esa relación proveniente de sus
entendimientos con Perón. No pudo evitar el golpe de
1976 porque carecía de fuerzas para impedir lo
incontenible pero sabía que a la hora del reencuentro
con las urnas, radicales y peronistas podían cotejar
como pilares fundamentales de un sistema y no como
causales de su caída. Balbín trascendió la dimensión de
sus viejas luchas y, con Perón, quedaron sin banderías,
juntos, del mismo lado.